Volviendo otra vez al Territorio Comanche, indicar la evidente peligrosidad que entonces tenían nuestras calles. Vuelvo a recordar la situación, encajadas entre la vía del tren, la Avenida del Puerto y las fábricas y solares de las calles Juan Verdeguer y Padre Porta. En invierno, cuando salían los niños de los dos colegios, Grupo Escolar Salas Pombo en la calle Méndez Núñez y San José de Calasanz en la de Juan Verdeguer, a este último fueron mis hijos Pepe y Pablo, repito, cuando terminaban de salir y se hacía de noche, no había un alma que saliera de casa salvo para cosas muy imprescindibles. Y allí estaba yo solo en la farmacia, esperando que se hicieran las ocho de la tarde para irme a casa en coche, andando o en bicicleta pues hubo una temporada en que me dio por emular a Indurain.

En verano era otra cosa. La gente salía bastante más, incluso por la noche no eran raras algunas cenas populares cena en la calle, sobre todo por parte de los vecinos de la escalera de Salvador Aznar y Lolín, en que se juntaban numerosos comensales.

Y allí estaba el boticario, más solo que la una, cuarenta y cuatro horas a la semana más las guardias. Mientras tanto, dos puertas más allá, en la calle Canalejas junto a la casa de la Pepica y del almacén de chatarra de Cristóbal Palau, tenía Manos Negras y familia montado el chiringuito de la venta al menudeo de todo tipo de drogas, heroína en especial. Y claro, con el polvo en la mano, a dos mil pesetas la papeleta me parece, hacía falta la jeringuilla, insulinas o chutas según la terminología al uso, pero para pagarla ya no tenían las 20 ó 30 pesetas que costaban. – Dámela, por favor que ya te lo pagaré otro día. – Si no te fías te dejo el carnet de identidad. Así hasta llegar a las amenazas, sabedores de que por tan poca cosa no iba a correr riesgos.

En las guardias se repetían con más dramatismo estas situaciones. Encima a las tantas de la madrugada, cuando estabas dando una cabezada en el camastro de la rebotica. – Oye, por favor, que somos dos para chutarnos, sólo tenemos una insulina y mi compañero tiene SIDA. De nada servía decirles que por las cuatro mil pesetas del caballo al menos podían haberles descontado lo de las chutas. Tampoco era cuestión de limitarte a recomendar que primero se chutara el sano. La cosa era dramática y no estaba el horno para bollos ni bromas. Acababas dándoles gratis lo que te pedían, a sabiendas de que entre ellos se comentaban en que farmacias era más fácil obtener gratis las chutas, con estos o con parecidos argumentos.

Me acuerdo de cierto fulano, grande y potente, un gitanazo, pues a esta etnia pertenecía, que me pidió la consabida insulina para inocularse la dosis. Debía ser primerizo pues era como un castillo, y todos sabíamos en que quedaban con el tiempo estas personas. Exigente como ninguno: – Que me des la chuta. – Que no tengo dinero para pagarte. – Que la quiero ahora. – Que ya te pagaré otro día. En fin, lo de siempre. Pero ese fue uno de los días en que me planté. Posiblemente por verlo bravo, que conmigo lo tenían más fácil los pocacosa y los desgraciados. Mientras me negaba, notaba que su agresividad iba en aumento, y claro, como siempre estaba solo, en un momento dado su contundencia se puso de relieve al empezar a pegar golpes en el cristal del mostrador. Ante mi negativa final, con el mismo puño que pegaba en la mesa lo abrió para dejar sobre la misma el dinero de la chuta, la cantidad exacta, pero me largó de paso esta advertencia medio en caló: - ¡Por mis muertos que te vas a acordar de esto!

¡Escuajado! Me quedé lo que se dice escuajado. Pero, a grandes males grandes remedios. Cerré la puerta y me fui derecho a llamar a la de Manos Negras, Me debían muchos favores de fiar medicamentos, atender a sus hijos y nietos de infinitas dolencias y demás cosas que luego contaré. Tardaron en abrir y, cuando lo hicieron, salió Dora, la mujer, y le dije lo que me había pasado un momento antes. – Aquí no ha venido nadie en toda la mañana. Me soltó de entrada. Cuando le dije que se dejara de músicas que no estaba la zorra para bailes, me soltó estas palabras que nunca olvidaré: - No te preocupes, que ese ya nunca te molestará más. Y así fue. El caso es que mucho tiempo después volvió a por chutas el tal fulano, pero siempre llevando por delante el dinero de su insulina.

Con José el Manos Negras, Dora y familia, pasó lo que tenía que pasar. Lo que ocurre con los desgraciados que se meten en este comercio. Siempre son ellos los primeros en padecer sus inconvenientes. Uno de sus yernos fue el primer caso que conocí de SIDA, - ¿Oye, me dijo, esto de Inmunodeficiencia Adquirida es el SIDA ese que dicen? Falleció enseguida. Un tiempo después, una madrugada la policía hizo una redada en su casa encontrando escondida la droga y una cantidad importante de dinero. Al día siguiente lo traían los periódicos con todo lujo de fotos y titulares. Aunque la familia compró todos los periódicos del Kiosco de Aurelio, la noticia corrió como la pólvora en el barrio.

Años después volví a encontrarme a José, a Dora y a varios de sus hijos. Se ganan honradamente la vida comprando y vendiendo trastos en el rastro o donde les sale el negocio. Sobre su anterior actividad me habló muy escarmentado y arrepentido. No merece la pena, decía, malvivir en ese mundo. Me queda de esta gente una cierta amistad, y mi admiración por la completa rehabilitación que consiguieron.


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