In old California: John Wayne farmacéutico

In old California: John Wayne farmacéutico

El mundo de la farmacia no ha sido generalmente objeto de mucha atención por parte del cine. Así como hay montones de películas sobre médicos, dentistas o enfermeras, apenas aparece en la pantalla el farmacéutico. Y menos mal que en España se hizo aquella famosa Farmacia de guardia de grato recuerdo, de la que ha quedado, entre otros, el dicho popular “Adelante Romerales” que se sigue aplicando a las personas que tropiezan una y otra vez en la misma piedra.

Más rara aun resulta la presencia de la farmacia en las cintas del Oeste, allí donde tantos personajes reciben el apelativo de Doctor, “Doc” en la jerga cinematográfica. Pues bien, En la vieja Californa tenemos la suerte de encontrarnos con un auténtico western donde el personaje central, interpretado nada menos que por John Wayne, es un farmacéutico con todas las de la ley, oficina de farmacia incluida. De ahí que nos haya parecido conveniente mostrar un poco su argumento e invitar a los lectores a que le den un vistazo. No quedarán defraudados.

Con el título original de In old California se estrenaba en 1942 esta película producida por la entrañable Republic Pictures americana. Su director es William C. McGann, un hombre ligado al mundo del celuloide desde antes del periodo más glorioso del cine mudo. Su carrera pasó por director de fotografía, ayudante de dirección y por fin director de un total de 51 películas entre 1930 y 1944, bastante corrientitas en general.

Sobre una historia creada por los escritores y esposos J. Robert Bren y de Gladys Atwater, que nada tenían que ver con el mundo de la farmacia ni de la sanidad, los guionistas Gerturde Purcell y Frances Hyland desarrollarán este curioso western netamente farmacéutico. La música es de David Buttolph y la fotografía de Jack A. Marta, acompañando a John Wayne en la interpretación Binnie Barnes, Albert Dekker, Helen Parris y Patsy Kelly en los papeles principales.

Con el récord de 142 papeles cinematográficos como protagonista, hemos tenido oportunidad de ver a John Wayne representando todo tipo de hombres de acción. Pues bien, curiosamente en este western interpreta a un farmacéutico que prefiere el mortero a la pistola.

 

Argumento

 

Comienza la obra en un saloon de San Francisco donde un atildado dandy, Tom Craig (Wayne), que acaba de llegar de Bostón (“a veces parece que llego de otra nación”), debe atender el dolor de muelas de un colérico vaquero al que todos temen y que acaba de romperle los dientes a su dentista, Key McKiber (Kennedy). Con tranquilidad Tom le invita a enjuagarse la boca con whisky (“no es para engullir”), abre su maletín y le hace inspirar el cloroformo que impregna en un pañuelo. Después de dormirlo le aplica unos toques seguramente de algún anestésico local (¿lidocaína tal vez?) Admirado de la curación, cuando despierte Key se convertirá en inseparable amigo del boticario.

Hace entonces su presentación Tom como farmacéutico formado en Bostón, expresando su deseo de abrir una farmacia en el Oeste. Allí mismo conoceremos también a la atractiva cantante Leipsy Miller (Barnes), novia del violento y malvado Britt Dawson (Dekker) que controla la ciudad de Sacramento. Y a esta ciudad marchan todos estos personajes en un barco a través del río Sacramento.

Difícil va a tener Tom encontrar un lugar donde abrir su oficina de farmacia pues Britt, celoso, prohíbe que le alquilen ningún local. Únicamente la atrevida Leipsy arrendará uno de su propiedad, pero, eso sí, a cambio de formar una sociedad en la farmacia a partes iguales, cosa que nunca hubiera podido hacerse en España donde la propiedad de la oficina debe siempre recaer en el titular o titulares. A falta de médicos ¿en Sacramento?, en “Pharmacy Craig’s” también se curan heridas y se prescriben libremente todo tipo de medicinas.

Ni que decir tiene que la farmacia es todo un éxito que atrae también la atención de la sofisticada Helen (Parrish) que, fingiendo un desmayo, es atendida por Tom. Este, sin embargo, todo lo que tiene de buen profesional y de bondad natural, lo tiene de tonto a la hora de tratar con las mujeres. Y bien que se lo advierte la experimentada Leipsy pues Helen, bajo la apariencia de una mosquita muerta, es una auténtica “víbora”.

Ante “la enfermedad Dawson” de imponer su ley en la ciudad, pronto se van a oponer las “medicinas de Craig” en defensa de los más débiles. El enfrentamiento entre ambos es inevitable. Concibe entonces Britt la malvada idea de alterar la composición de un modesto jarabe para la tos agregando una cantidad mortal de láudano, como sabemos un preparado opiáceo que debe usarse a dosis muy bajas. Muere un borrachín que había robado un frasco a falta de otra cosa para beber, el pueblo entero acusa a Tom de homicidio y sobre la marcha deciden lincharlo. De nada valdrán sus quejas.

Milagrosamente llega a la ciudad en ese preciso instante la noticia del hallazgo de oro en la montaña (estamos en California), y allí dejan a Tom con la soga al cuello para marcharse todos corriendo en busca del preciado metal. Salva su vida, sí, pero la oficina de farmacia se cierra y él debe permanecer dos meses encarcelado por su responsabilidad en la citada muerte.

Conocedora Leipsy de la culpa de su novio en la trampa del jarabe, “Matar con veneno es de un mísero cobarde”, abandona a su enamorado y se marcha a cantar a los asentamientos mineros. Las pésimas condiciones higiénicas que allí se dan, originan una peligrosa epidemia de fiebres tifoideas donde el único médico que hay se muestra impotente ante el avance la enfermedad. Sin recursos medicamentosos ni humanos, Leipsy se ofrece a ayudar al doctor e invita a Tom para que instale allí su farmacia. Como así sucede para beneficio de la salud de los mineros y para el reencuentro de los dos enamorados.

 

La oficina de farmacia

 

Cuando por fin Tom Craig (Wayne) consigue abrir su farmacia (el doblaje hispano utiliza siempre este término en lugar de “botica”), la oficina presenta un aspecto de lo más clásico, con largas estanterías repletas de frascos de diversos colores donde se guardan los principios activos y excipientes para componer las fórmulas magistrales correspondientes. No se trata de un almacén de drogas, drug store, tan característicos de la farmacia anglosajona, tampoco de una farmacia a la moderna repleta de específicos fabricados industrialmente y ofertados masivamente con una publicidad agresiva.

Nada de esto se aprecia en Pharmacy Craig's. Es una botica a la antigua, con su mostrador, balanzas, morteros, diversos materiales sanitarios, vitrinas y anaqueles llenos de frascos de todos los tamaños y colores. Veremos a su propietario componer algún jarabe en el mostrador, seguramente para no precisar decoración en la rebotica, pero nos perdemos la oportunidad de verlo con la tradicional bata blanca que caracteriza la profesión. Una pena.

Interesantes también son los argumentos que esgrime el farmacéutico para impedir la masiva salida de los vecinos de Sacramento huyendo de la epidemia, pues de estar afectados sin conocerlo transmitirían la enfermedad a otras ciudades. Como vemos, el bueno de Tom conoce los riesgos expansivos de las epidemias y se adelanta proponiendo lo que ahora pomposamente llamamos “aislamiento perimetral”.

Independientemente del sabor farmacéutico de la cinta, queremos destacar la originalidad del argumento, lo mismo que el guion, dirección, ambientación e interpretación de los principales protagonistas, con un Wayne bastante alejado de lo que estamos acostumbrados a ver en sus westerns. Excelentes y concurridas escenas de saloon y de caravanas de mineros, con buenas canciones a cargo de Leipsy. Reconocemos, eso sí, cierta simpleza y sobreactuación en las escenas de la parte cómica.

En cualquier caso, una película muy recomendable, especialmente para el aficionado a las cintas del Oeste y para los farmacéuticos en general que, fácil y legalmente, pueden verla o guardarla en la web “Descarga cine clásico”.

Pasen y vean. No se arrepentirán.

José Mª de Jaime Lorén

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